
Francisco Bendezú es uno de los grandes líricos del siglo XX. Estudió en el colegio La Recoleta de Lima y tiene por esa razón un cariño entrañable por la lengua francesa. Más tarde hizo estudios en la Universidad de San Marcos donde se doctoró en Letras. En 1953 viajó a Italia y fue discípulo de uno de los mayores poetas italianos: Giusseppe Ungaretti. Publico en 1960 una plaquette titulada Arte menor y en 1961 Los años, libro que reúne su producción entre los años 1946 y 1960. Después hubo que esperar hasta 1971 para que el poeta se decidiese a dar a luz Cantos, bellísimo libro de poemas de amor. Finalmente el poeta ha publicado en 1983 El piano del deseo, un pequeño libro que es, a nuestro juicio, lo mejor de su producción.
POEMAS DE FRANCISCO BENDEZU
MISTERIO Y MELANCOLÍA DE UNA CALLE
¡Detente niña-sombra, niña-araña.
trashumante negativo, colegiala
fabricada de láminas de mica y nubarrones!
En tu melena de eclipse
transflora sordamente
la soledad sonora de Ferrara.
¡Deja que tu arco, prosternándose,
sesgadamente ruede
por la silente explanada
hasta caer, como ofrenda,
al pie de la maléfica estatua amenazante!
¡No avences! ¡No prosigas!
La violación en su telar de escamas
te acecha alevemente por las tablas
del carromato vacío.
O tal vez a la sombra de los arcos,
con mantas o toneles o mordazas,
te secuestren lo gitanos.
No sé a qué brazos te empujará
la pendiente irresistible de tu sino.
No a los míos.
El tiempo es una mano
con rayas de humo congelado.
Yo quiero iluminarte con mi fiebre
y desatar cascadas de glicinas por tu talle.
Yo quiero esclarecer tu faz borrosa,
y levantar en vilo las impostas y los claustros
y cancelar los signos de los muros
y extirpar la desventura
y con nitrato de luna, inmerso en el silencio, revelarte.
Yo absorbo tu misterio sin saciarme.
MÁSCARAS
¿Qué baila detrás de nuestras frentes?
¿Quién vela al otro lado? ¿Qué nos espera?
Nadie. Nada.
Solamente una luz fuliginosa.
O nuestros brazos como remos de inmóviles mareas.
Ni punto ni círculo ni línea
ni la barca del tiempo.
(Yo no sé si la voz no es más que un sueño
ni si el amor es un casto paroxismo de amapolas.)
Yo sé que las estatuas sorben llanto en la arboleda.
Yo sé que el otoño acumula silencio en las botellas.
Yo sé que en la estación los guardagujas duermen.
Solamente un solsticio de sordas mariposas,
o inútiles carruajes con teas de tinieblas,
o esqueletos de gallos
cantando eternamente por albas que no rayan.
Mujeres sin sombra, apariciones,
espejos insondables con lentos naufragios a distancia,
y fuegos fatuos, y en las landas
el tierno gemido de las mandrágoras recién arrancadas,
y el siempre y el jamás ardiendo juntos.
Ni torres ni molinos
ni el tórax misterioso de las tardes.
¿Para qué las cabelleras desplegadas
como estelas sobre el mundo?
¿Para qué los púlpitos, las bazas,
los óvulos, los cascos, los marbetes?
(¿Y las águilas inmunes de alta mar?
¿Y los granos –óleo y luz – de los sarcófagos?)
¿Para qué los mástiles, los cables,
las epístolas, las gafas, las briznas de los nidos,
el agua magnetizada, los muñones,
las escuadras de cuencas vacías, los gramiles,
las sinuosas membranas briscadas de los armarios,
las filacterias, la sal, los meteoros?
¿Es, acaso, inútil la esperanza?
¡Embestid contra las rodillas doradas de la muerte!
¡Combatidla cuerpo a cuerpo!
¡Ella corta con su espada el alambre que nos ata al fuego puro!
¡Nuestra insomne navaja de alaridos
contra su hilo indestructible de silencio!

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